sábado, 22 de marzo de 2014

El mundo, contigo.

Entra un chico al restaurante. Alto, pelo oscuro, y con una sonrisa iluminando a su paso. Antes de entrar, le mantiene la puerta a una señora que salía del local en ese instante. Ella le dedica una amplia sonrisa al muchacho y le da las gracias alegremente. El chico le responde con un "¡no es nada, mujer!" y le devuelve la sonrisa. La anciana parece estirarse unos centímetros, ampliando todavía más su sonrisa.

El chico pasa adentro, con paso alegre, animado. Los hombros centrados, su pose transmite la seguridad que solo los jóvenes que creen que pueden realizar cualquier tarea, por difícil que sea, poseen. Se detiene a una distancia razonable de la puerta, donde no moleste a la gente que quiera salir o entrar, pero desde donde pueda abarcar todo el recinto con una mirada. Y eso hace. Pase sus ojos castaños por todas las personas que se encuentran allí dentro en aquel instante. Asiente satisfecho al comprobar que está bastante concurrido. Ve una mesa libre, pero en vez de dirigirse a ella, se encamina a la barra. Esta está completamente vacía por lo que elige un taburete al azar y se sienta. Encuentra una carta con los menús y los platos y se pone a ojearla.

Al cabo de un breve momento una voz, clara, algo apagada, le pregunta "¿Qué desea tomar el señor?". Éste levanta la vista de la carta y, atónito, contempla un rostro bello a más no poder. El pelo castaño recogido en una coleta baja atrás, en la nuca. La tez clara queda enmarcada por dos mechones libres a cada lado de su cara. Sus ojos azules, realzados por un poco de maquillaje, parecen despedir un breve chispeo cuando el chico la mira directamente a ellos. Sus labios, redondos, carnosos, perfectos, forman una fina línea, parte del uniforme que ella se ponía cada vez que iba a trabajar. Sin poder despegar su mirada de la suya, el chico contesta "Quiero comerme el mundo". De pronto, un bigbang tiene lugar en la sala. Por un momento, la chica dejar ver sus blancos dientes en un esbozo de sonrisa. El chico, sin aliento, no puede hacer otra cosa más que maravillarse con la perfección de ese amago momentáneo que parece dar luz, no solo al mundo entero, sino al universo por completo. 

Ella, curiosa por la respuesta del joven, harta de la monotonía de aquel lugar, del mal humor de su jefe, de la sensación de estancamiento que le producía estar tanto tiempo allí encerrada para poder pagarse sus estudios, contesta: "Y, ¿cómo lo prefiere, con guarnición de patatas, de pimientos a la plancha, o sin guarnición?". Termina la pregunta con otro resquicio de sonrisa que parece apoderarse de todo el aire que ocupaba el restaurante. El chico completamente embelesado por la belleza que tenía delante de sí, totalmente descompuesto por la suerte que parecía tener, de pronto, se pone tenso en el taburete. Estira la espalda, poniéndose totalmente recto. Ahora, sus ojos quedaban a la altura de los de ella que, avergonzada por su inesperada espontaneidad, se encontraba con la cabeza gacha, alza sus ojos para observarle.

Tras inspirar fuertemente, hinchando su pecho como un ave presto a cortejar a una hembra, dice con toda la seguridad que pudo reunir en ese momento: "Quiero comerme el mundo, contigo. Para acompañarlo, me gustaría beber del manantial que se esconde tras esa profunda mirada. Y de postre, tomaremos tarta de luna, aderezada de estrellas." 

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