domingo, 4 de mayo de 2014

Vive.

Ya habían pasado alrededor de 16 años. Había llegado a ese mundo lleno de dificultades, de sorpresas, de decepciones y alegrías. A ese mundo tan maravilloso en su imperfección y que tantas enseñanzas transmitía en su injusticia. Había estado caminando desde que puso por primera vez un pie en su llana y ardua superficie. Desde entonces, la mayor parte del camino había sido encauzada por otros ajenos a él mismo. La mayor parte. Pero estaba llegando a un momento crucial en su vida. Estaba comenzando a hacer sus propias elecciones. 

Y sin embargo, cuánto más débiles eran las ataduras que lo mantenían en pie, cuanto menos valla había al borde del camino, cuanto más libre era, mayor neblina se alzaba en ese mundo que lo rodeaba. Mayor era la obstrucción a su visión, menor alcance tenía su perspectiva. Más perdido se encontraba, más desconcertado. Cuanto más se adentraba en esa bruma, más difícil le resultaba reconocer el camino que debía recorrer. Tanto que llegó un momento dado en que se desplomó del todo. No se situaba, ya no sabía ni regresar por el camino que había llegado. Cayó al suelo, tendido cuan largo era, intimidado por la intensidad del asunto. Y de pronto, como si el suelo le hubiese transmitido un torrente de información inherente a la vida, comprendió que era su momento. Que tenía que decidir por sí mismo, para sí mismo.

Advirtió que no sería fácil, que podría fallar, y que si así era, solo él debería lidiar con las consecuencias, tanto de sus fallos, como de sus aciertos. Pues tan importantes eran unas como otras. Se giró sobre sí mismo entonces, decidido a no defraudar a aquellos que lo habían conducido a ese desconcierto, sabiendo que era lo que todo ser humano debía afrontar llegado el momento. Se apoyó sobre sus rodillas y sus manos, que se quedaron peladas por el contacto con el áspero suelo. Pensó que no sólo se lo debía a los demás, sino que se lo debía también, y por encima de todo, a sí mismo. Cabizbajo meditó un minuto más. Recordó todo lo que había vivido hasta entonces. Cada instante de su vida merecedor de permanecer en su memoria pasó delante de sus ojos como si fuese el combustible que lo ayudaría a avanzar de ahora en adelante. En su pecho, la llama de la vida, que apunto había estado de apagarse al caer, recobraba fuerza.

Hincó sus nudillos, impulsando todo su cuerpo, lastimándoselos, y se puso de pie. Y lo primero que hizo no fue dar un paso firme hacia delante, ni un paso titubeante hacia atrás. No. Se quedó allí parado. Observó la niebla que lo cubría todo. Intuyó que iba a tener que enfrentarse a ella, pero no quería hacerlo sin un motivo, así que indagó en esos mismos recuerdos que lo habían ayudado a ponerse en pie. Cerró sus ojos a aquel magnífico mundo que se extendía oculto en la bruma e identificó ciertos patrones en su conducta. Y buscó los motivos que lo habían llevado a comportarse de tal manera a lo largo de su vida. Descubrió que la mayoría de ellos habían sido exógenos, que pocas veces había tomado decisiones serias para él, pero que de todos había extraído algún aprendizaje. Hizo una criba de todas las sensaciones que recordaba. En cada instante. Alegría, entusiasmo, amor, pasión, pena, tristeza, aburrimiento, desasosiego, dependencia, plenitud, furor, pesar, decepción, exasperación, cohibición, deseo, gratitud, enojo… Analizó cada instante con sus respectivas emociones y dejó a parte aquellos en los cuales la suma del motivo más la sensación daba como resultado algo negativo. Y quedaron unos pocos.

Cogió esos pocos, y se quedó en primer lugar con aquellos en que había algo de decisión e iniciativa propia. Y en segundo lugar los que, también desembocados en emociones positivas, habían sido realizados por empuje de otros. Y cuando los tuvo presentes en su mente, abrió los ojos de nuevo. Contempló entonces la neblina con cierto aire de desafío, como si la retara a significar un cambio en las decisiones que estaba tomando. Giró sobre sí mismo, tratando de orientarse en aquella confusión. Relajado y entusiasta, pasó su mirada por cada nube, por cada rincón más oscuro que el resto. Curioso, forzó su vista a ver más allá de aquella espesura que se interponía entre él y su destino. Había elegido vivir la vida. Había elegido seguir sus propios pasos hacía allá donde le llevasen. Y de pronto, como espantado por aquella realidad de sus pensamientos, aquel vaho tenebroso que había enturbiado el mundo desapareció.

Tenía ante sus ojos el mundo tal cómo era, pese a que había zonas más turbias que otras, aquellas que entendía menos. Y a lo lejos, en la dirección que estaba y sin especificar cual era, vio una luz. Una luz que de pronto lo cautivó. Y supo con todo su ser que tenía que llegar a ese  foco. Porque sabía que había aparecido como materialización de su realidad, de sus objetivos.

Así que, armado con lo más fuerte que existía para él en aquel mundo, comenzó a andar de nuevo, dejando un camino tras sus pies, recorriendo una llanura inalterada, natural, por delante de sí mismo. No había letreros, no había indicaciones. Unas partes del terreno se veían más abruptas que otras a simple vista, otras más sencillas. Siguió caminando. Pese a las dudas, pese a que lo que en un principio había parecido fácil se había tornado de pronto arduo y difícil. Pese a descubrir a base de tropezones, que los hubo, que lo más sencillo lo había llevado a alejarse más que a acercarse a aquel foco. Y no se lamentó en ningún momento, pues en aquella distancia que parecía un desperdicio, había descubierto maravillosas cosas de ese gran mundo que recorría.

Y claro que sí, de vez en cuando miraba hacia atrás. Y veía todo lo que ya había recorrido. Y cada vez en una posición diferente en relación a la suya actual, había un gran nubarrón tronante donde había decaído en el inicio de aquel nuevo camino. Y se alegraba de poder verlo, al igual que se alegraba de reconocer en el paisaje pasado todos aquellos puntos que habían supuesto un reto para él. Y todos aquellos que habían supuesto una alegría, un descubrimiento, una nueva experiencia, más atronadora y sobre cogedora que alguna anterior.

Se alegraba de haber recorrido todo aquello, y se alegraba de saber que aún le quedaba camino por recorrer. Pues se había dado cuenta de que le gustaba andar, y de que, para sentarse y reposar allí bajo aquella luz que marcaba su horizonte, tendría tiempo algún día. No podía desperdiciar cada segundo anhelando estar allí, pues si así hubiese sido, se perdería el milagro que tenía bajo sus pies.

Inspiró hondo, muchos años después de aquella primera caída. Había caído otras veces, pero la llama no se había apagado, resurgiendo cada vez con más fuerza. Se encontraba ya a poca distancia de aquella luz, que cada día había contemplado, en los que había notado diferentes matices. Alzó una vez más su cabeza al cielo, lleno de placer por aquella vida que estaba viviendo. 

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