A veces, un acto, una mirada, una voz, un baile, una canción, te hacen darte cuenta de cuán rápido pasa el tiempo. Y entonces te entra vértigo. El estómago se contrae hasta doler. La cabeza de vueltas y no sabes a qué sujetarte. No sabes cómo pararlo.
Entonces, lo único que se me ocurre que puedes hacer es respirar. Respirar y tomar consciencia de ti mismo, de tu cuerpo. De dónde estás. De qué tiempo hace a tu alrededor. ¿Está el sol fuera o está nublado? ¿Es acaso de noche? ¿Está el semáforo en verde? ¿De qué va el tema que trata ahora el profesor? ¿Está la pizza lista? Siente el viento que mece tu cabello.
Puede que por tu cabeza hayan pasado millones de momentos de tu vida en sucesión a una celeridad de miedo. Personas que se fueron. Risas que no volviste a oír. Un beso que no se repitió. Un lugar que te enamoró. Un paisaje que te quitó el aliento durante ese instante que ahora rememoras con tanta intensidad. Millones de vivencias que te han llevado a pisar el suelo que en ese instante tienes bajo los pies. Ese suelo que, casualmente, te sostiene. Eso es lo que tienes ahora. Y es lo que marca la diferencia entre el pasado y el presente.
El presente, ese regalo de la vida que solo te da una vez. Una vez tras otra. Ese regalo que se repite sin ser nunca igual. Un regalo que jamás podrás devolver ni recuperar. Pero sí recordar.
Un regalo múltiple. Lleno de personas. De luces, de colores, olores, sensaciones, sentimientos, voces, risas, llantos, suspiros, miradas, paseos, compañía, soledad, alegría, tristeza, añoranza, sobrecogimiento.
Un regalo que, al fin y al cabo, puedes compartir.
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