viernes, 13 de diciembre de 2013

Beautiful war.

La lucha siempre se ha entendido como el enfrentamiento entre dos partes. El origen de dicha lucha puede deberse a distintas razones: conflicto de objetivos, diferencia de intereses, conveniencia económica, demostrar superioridad...

Durante toda la historia se han dado casos de grandes guerras y de guerras más pequeñas. Guerras a escala mundial y guerras a escala local. Guerras sin sentido y guerras con todo el sentido que la razón puede atribuirles. Guerras iniciadas por gente que se defendía a sí misma y a otras personas de los abusos de tiranos, y guerras iniciadas por tiranos contra gente indefensa. Guerras sangrientas y guerras nefastas. Guerras justas y guerras injustas, si es que se puede justificar una guerra.

Porque claro, si uno no quiere, dos no se pelean. Cuando un bando tiene el valor de decidir no actuar, no atacar, no usar la violencia, el resultado no es el que el dicho dice. Cuando uno no quiere, el otro lo masacra.

Hoy día tenemos a líderes que juegan en una liga totalmente distinta a la que debería ser. A la que debería de ser por derecho de todos. Hoy día es primordial sacar trapos sucios del contrincante, avergonzarlo frente a las masas, hacer que pierda simpatizantes, militantes, votos. Hoy día estamos obcecados en demostrar que somos mejores que el otro, que valemos más, que hacemos las cosas mejor, que tenemos métodos más justos, respetuosos.

Si para ser mejor persona una de las claves es no compararse con los demás. ¿Por qué no aplicar este principio tan sencillo a agrupaciones que representan a una población? Al detenernos tanto en mirar al prójimo, nos olvidamos de quienes somos. Olvidamos cual es la principal meta.

Puede que a vista de nuestros seguidores tengamos claro un objetivo a conseguir, pero no nos engañemos. En cuanto el otro cometa un fallo nosotros estaremos ahí para hacerlo resaltar. Para usarlo como ardid contra él, para intentar hundirlo. Y mientras tanto el objetivo está ahí. Inalcanzado, que no inalcanzable. Lejos en el horizonte, por encima de nosotros, cuando en realidad puede que esté justo a dos pasos. Pero la venda de la "guerra" no nos deja verlo.

¿Por qué no centrarnos en lo que realmente interesa y olvidar al otro? Sí, alguien tiene que controlar que el que está en el poder haga las cosas legítima y legalmente. Pero para eso hay otros poderes, supuestamente desligados del ejecutivo, que pueden controlarlo. Que tienen y deben controlarlo.

Porque al final el poder está en aquellos que menos uso hacen de él. El pueblo "llano". Un pueblo que agacha la cabeza frente a la situación, frente a "sus" líderes.

Si nos preocupamos por hacer las cosas por el bien de todos, todos deberíamos acabar haciendo las mismas cosas. Así, sería más sencillo resolver problemas. Así, se conseguiría hacer algo más que reducirnos a criticar a los demás, poner sonrisas falsas y dar buena imagen.


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